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Se me hace particularmente duro escribir este artículo. Toda familia que haya vivido una muerte gestacional o perinatal es consciente de lo doloroso que resulta, y lo que le cuesta a la gente acompañarte en ese proceso. Simplemente, no saben. No se sabe. Se intenta quitar hierro al asunto, restarle importancia. Y se acaba convirtiendo en un tema tabú. 

Si en un trágico accidente se produce la muerte de un niño de, digamos, 5 años, ¿qué se le dice a esos padres? ¿”Mejor ahora, que todavía era pequeño y no te ha dado tiempo a disfrutarlo tanto“? “Bueno, no te preocupes, ya tendrás otro“. Esas frases, que alarmarían a cualquiera, es lo que escuchan demasiado frecuentemente las familias que han sufrido un aborto, que han perdido a un bebé a término o a los días de nacer. Y no, no es agradable. Y no, tampoco consuela.

En el momento en el que esa mujer se queda embarazada, ya es su hijo. Esa familia ya está haciendo planes de futuro. Una nueva vida, una gran ilusión. Un hijo te cambia la vida, dicen. Pero ese cambio no se produce únicamente cuando nace el bebé, sino desde que se plantea la idea de tenerlo. Desde que se es consciente de que tienes a un ser dentro de ti que va a ser lo más importante de tu vida. Porque está ahí, ya es parte de ti. Y cuando todo eso se va, se pierde, se derrumba todo.

Poneos en la situación de esa familia que, después de X semanas de gestación (sean 7, 27 o 37) llega al hospital a recibir la peor de las noticias. El proceso de tener a ese bebé ya de por sí resulta traumático para quien lo viva. Después llegas a casa, en pleno postparto (que parece que nos olvidamos de ese detalle), y te encuentras esa habitación que ya tenías medio preparada para el bebé, o la cuna, o la ropa que ya le habías comprado, algún regalo… A los pocos días, si no has tenido la suerte de que alguien en el hospital ha reparado en la fisiología de un parto y ha hecho por evitarlo, tienes subida de leche. Leche que no le vas a dar a nadie. ¿Y qué haces entonces? No lo sabes, nadie te lo ha explicado y no estabas preparada para eso. Sales a la calle y ves a otras mujeres embarazadas caminando, familias con carritos de bebé, niños en el parque. Las personas que conocían la existencia de tu embarazo te pregunta, y a dar explicaciones. Te reincorporas al trabajo y notas cómo la gente no deja de mirarte de reojo, cuchichea a tu espalda, y tú solo quieres huir, pero no puedes. Y cuando se dignan a decirte algo, ¿qué te dicen?

No hay que restarle importancia, hay que darle la importancia que merece. Es una pérdida que debe conllevar su propio duelo. Y en un duelo hay que acompañar, dar la mano, respetar los silencios y no juzgar.

 

HAY RECURSOS, HAY AYUDA

 

Esa familia tiene que poder llegar a su casa sabiendo dónde acudir cuando las fuerzas flaquean, cuando no se consigue levantar cabeza. El mismo hospital o centro de salud puede derivar a psicología para ayudar a gestionar esta situación de la forma más sana posible, porque la salud mental es tan importante como la física. Acude a tu matrona si tienes dudas de qué hacer a continuación, si te ha dado subida de leche y no sabes qué hacer, si simplemente necesitas desahogarte. No estáis solos. Que la sociedad no os haga creer lo contrario.

Aquí dejo dos páginas de referencia donde aportan recursos gratuitos de ayuda en estas situaciones y donde especifica los grupos de apoyo locales para que podáis contactar con ellos:

 

Tenemos que aprender a sensibilizarnos como sociedad. Estas situaciones, desgraciadamente, se producen a diario, y las familias que lo viven necesitan todo el apoyo posible. ¿Y si no sabes qué decir? Pues mejor no decir nada, porque os aseguro que en estos casos una frase inapropiada, aunque se haya dicho con buena intención, la recuerdas de por vida.

Mucho ánimo a todas las familias y, recordad, que estamos para lo que necesitéis 💛

 

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